Los dos asados más emblemáticos de Castilla y León que cuentan con IGP: Lechazo y Cochinillo
Ambos son símbolos de nuestra gastronomía, estandartes del buen hacer y de una herencia culinaria que ha resistido el paso del tiempo.

Hay olores que bastan para anunciar la llegada de la Navidad. El del horno encendido, el de los tradicionales dulces… y, sobre todo, el del asado que lentamente dora su piel hasta volverse crujiente. En Castilla y León, ese aroma es casi una seña de identidad.
Porque en esta tierra, las celebraciones —y muy especialmente las navideñas— saben a tradición, a familia reunida y a mesa compartida. Y entre todos los manjares que llenan los hogares durante estas fechas, dos asados reinan con fuerza y orgullo: el Lechazo de Castilla y León IGP y el Cochinillo de Segovia IGP.
Ambos son símbolos de nuestra gastronomía, estandartes del buen hacer y de una herencia culinaria que ha resistido el paso del tiempo.
El arte del asado: donde la sencillez es perfección
En una época en la que la cocina se llena de técnicas y artificios, el asado tradicional sigue triunfando con la fórmula más simple del mundo: buen producto, horno, agua, sal y paciencia.
Ese respeto por lo esencial es lo que convierte al lechazo y al cochinillo en dos joyas gastronómicas. La carne tierna, el aroma inconfundible y la textura crujiente de la piel son el resultado de una tradición que se ha transmitido de generación en generación.
En diciembre, cuando el frío se asienta y la familia se reúne, el horno se convierte en el corazón de la casa y el asado, en el protagonista de las fiestas.

Lechazo de Castilla y León IGP: la ternura del campo
El Lechazo de Castilla y León IGP procede exclusivamente de corderos de las razas Churra, Castellana y Ojalada, nacidos y criados en la región. La clave está en su alimentación: solo leche materna, lo que garantiza una carne tierna, jugosa y de sabor delicado.
La zona de producción abarca casi toda Castilla y León, pero su epicentro gastronómico se encuentra en Aranda de Duero (Burgos), Peñafiel (Valladolid) o Sepúlveda (Segovia), donde el lechazo asado en horno de leña se ha elevado a arte.
El secreto está en la cocción lenta. El lechazo se coloca en una cazuela de barro, se riega con agua y sal y se deja hacer durante dos horas, con el calor envolvente del horno y la leña de encina o roble. No hay más. Y no hace falta más.
El resultado es una carne que se deshace con el tenedor, con una piel dorada y crujiente que es pura tentación.
Cochinillo de Segovia IGP: el dorado de la tradición
En el caso del Cochinillo de Segovia IGP, hablamos de una tradición que trasciende la gastronomía: es cultura, identidad y orgullo.
El cochinillo segoviano procede de animales de raza blanca alimentados exclusivamente con leche materna. Su carne es suave, tierna y de un sabor muy equilibrado.

Asarlo es un arte que requiere precisión: horno de leña, cazuela de barro, fuego suave y tiempo. Al final, el dorado perfecto de su piel se convierte en el mejor indicador de que está listo para servir.
Y, por supuesto, no puede faltar el gesto que lo hace inmortal: partirlo con el borde de un plato, como hacía Cándido, el famoso Mesonero Mayor de Castilla, símbolo de la tradición segoviana.
Navidades con sabor a tradición
Aunque distintos en su origen y textura, el lechazo y el cochinillo comparten algo esencial: ambos representan el alma de Castilla y León.
Son productos nacidos de la ganadería tradicional, criados con mimo y elaborados siguiendo métodos centenarios.
El Lechazo IGP nos habla de los pastores que recorren los páramos y de las ovejas que se alimentan de los campos castellanos.
El Cochinillo IGP, en cambio, nos transporta a los asadores segovianos, donde el fuego y la paciencia se convierten en los mejores aliados del sabor.
Ambos son orgullo de esta tierra, y ambos forman parte del gran paraguas amarillo de Tierra de Sabor, que garantiza su origen, su autenticidad y su calidad.
Y es durante la Navidad, donde los hogares castellanos y leoneses se llenan de aromas familiares. No hay mejor manera de celebrar que con una mesa que une pasado y presente, donde los asados ocupan el lugar central.

Lechazo al horno, la receta clásica
Ingredientes:
- 1 lechazo IGP de unos 4,5 kg
- Agua y sal
- Manteca de cerdo (opcional)
Elaboración:
Coloca el lechazo troceado en una cazuela de barro con la piel hacia abajo. Añade un vaso de agua y sal.
Hornea a 180 °C durante una hora y media, dándole la vuelta a mitad de cocción. Para un acabado perfecto, sube la temperatura al final para dorar la piel.
Acompaña con una ensalada de lechuga, cebolla y tomate, vino tinto Ribera del Duero DOP y pan candeal.
Cochinillo asado segoviano, paso a paso
Ingredientes:
- 1 cochinillo IGP (entre 4,5 y 6 kg)
- Agua y sal
Elaboración:
Coloca el cochinillo con la piel hacia abajo en una cazuela de barro con un poco de agua.
Hornea a 180 °C durante 90 minutos, riégalo con su propio jugo y dale la vuelta.
Asa otros 45 minutos hasta que la piel esté dorada y crujiente.
El resultado: una carne tierna que se separa del hueso con facilidad y una piel fina y crujiente que cruje al partirla.
Para innovar sin perder el alma
Si bien las recetas tradicionales son insuperables, cada Navidad invita a explorar nuevas formas de disfrutar de estos productos con IGP. Aquí tienes cuatro posibles ideas:
- Lechazo confitado con puré de apionabo:
Una versión moderna que mantiene el sabor clásico. La pierna de lechazo se cocina lentamente en aceite de oliva a baja temperatura, y se sirve con puré de apionabo y jugo reducido del propio asado.
- Cochinillo glaseado al vino mencía:
Inspirado en la cocina berciana, este plato combina el cochinillo asado con una reducción de vino mencía y miel de la montaña leonesa. El resultado es un contraste entre el dulzor del vino y el crujiente del asado.
- Ensalada templada de lechazo desmigado:
Ideal para los días posteriores a las fiestas. Con restos de lechazo, escarola, frutos secos, queso de oveja curado y una vinagreta de mostaza, se logra un plato ligero sin renunciar al sabor.
- Cochinillo con puré de castañas:
Un guiño al Bierzo. La carne se acompaña de un puré de castañas asadas y un toque de miel de Gredos, para un equilibrio perfecto entre lo salado y lo dulce.
Estas reinterpretaciones modernas no sustituyen la tradición, pero la complementan, demostrando que la cocina de Castilla y León sigue viva, en constante evolución.
El valor de la Indicación Geográfica Protegida
Tanto el Lechazo de Castilla y León como el Cochinillo de Segovia cuentan con la Indicación Geográfica Protegida (IGP), un sello europeo que certifica que el producto proviene de una zona concreta y se elabora siguiendo métodos tradicionales.
Este reconocimiento no solo garantiza la calidad, sino que protege el trabajo de ganaderos, artesanos y asadores que mantienen vivas las tradiciones rurales.
Detrás de cada sello IGP hay familias, cooperativas y pequeñas explotaciones que representan el alma del sector primario de Castilla y León.
Tierra de Sabor da visibilidad a este esfuerzo, reuniendo bajo su paraguas a quienes hacen posible que estos productos lleguen a la mesa con todo su sabor y autenticidad.
El lechazo y el cochinillo no son solo dos recetas: son símbolos de identidad.
Cada uno encierra una historia, un territorio y una forma de entender la gastronomía.
Son el reflejo de una tierra que respeta el producto, que no necesita artificios para emocionar y que ha sabido convertir lo sencillo en arte.
Estas Navidades, encender el horno y preparar uno de estos asados no es solo cocinar: es rendir homenaje a una tradición que une generaciones.
Y cada vez que el corazón amarillo de Tierra de Sabor aparece en una etiqueta, sabemos que ese sabor —auténtico, nuestro y compartido— seguirá reuniéndonos alrededor de la mesa.









